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Hay una trinchera evidente: la guerra, los corresponsales, el estruendo. Y hay otra que casi nadie mira, la de la construcción social, la cultura política, el tejido que hace posible (o imposible) que un país se ponga de acuerdo consigo mismo. Ahí trabajan casi todos quienes hacemos comunicaciones.
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Este sitio es para reflexionar sobre qué responsabilidad tiene quien comunica cuando hay conflicto de por medio; cuando hay que construir confianzas para impulsar desarrollo. Cruza teoría y terreno, porque por separado ninguna de las dos alcanza.
[ ÚLTIMAS ENTRADAS DE BLOG ][ Preguntas frecuentes ]Preguntas sobre comunicación y paz
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Es el campo que estudia qué le hace la comunicación a un conflicto. No es un género periodístico ni una versión amable de las relaciones públicas. Es una pregunta sobre efectos: cada cobertura, cada comunicado, cada vocería empuja el conflicto hacia la escalada o hacia la desescalada. La decisión se toma igual. Lo que cambia es si se toma con conciencia.
Hoffmann y Hawkins reunieron ese campo disperso en Communication and Peace (2015), y lo primero que ordenaron fue su alcance. Vladimir Bratic lo dice sin rodeos: esto excede al periodismo. Entran las radios comunitarias, las emisoras de las misiones de paz, la ficción educativa, las campañas, los procesos de consulta. Cualquier práctica comunicacional que intervenga en una relación conflictiva está dentro.
De ahí viene la incomodidad del campo. Si comunicar nunca es neutral, entonces la responsabilidad no es opcional. Es parte del oficio.
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Tiene tres raíces y ninguna es reciente.
La primera es política. En los años setenta, la Comisión MacBride documentó para la UNESCO lo que hoy suena obvio: la información fluye en una sola dirección, del centro a la periferia. Many Voices, One World (1980) puso el problema en términos de soberanía, no de calidad periodística.
La segunda es teórica. Johan Galtung distinguió entre paz negativa —que no haya balas— y paz positiva —que no haya violencia estructural—, y junto a Mari Holmboe Ruge mostró en 1965 que los criterios de noticiabilidad favorecen sistemáticamente el evento violento por sobre el proceso.
La tercera es latinoamericana y es la que menos se cita. De las radios mineras bolivianas a las emisoras comunitarias colombianas, la región lleva medio siglo tratando a los medios de base como instrumentos de ciudadanía y no como canales de difusión.
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Paz negativa es la ausencia de violencia directa: el alto el fuego, el conflicto que baja de tono. Paz positiva es otra cosa: la ausencia de violencia estructural, es decir, que las causas dejen de estar ahí. Una cobertura que celebra el acuerdo sin explicar qué lo hizo necesario trabaja para la primera y le da la espalda a la segunda.
Wilhelm Kempf lo formula de manera más dura: la propaganda de paz sigue siendo propaganda. Buscar el final feliz es tan poco riguroso como buscar el enfrentamiento.
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Primero, la comunicación sí entrega información y fija agenda; ahí su efecto está probado. Segundo: los mensajes bien construidos sí modifican actitudes, aunque de manera menos confiable. Tercero: casi nunca cambia conductas de forma directa.
La comunicación es condición necesaria. Nunca es condición suficiente.
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Shinar los sistematizó en cinco: al asignar el tema, al elegir las fuentes y al editar.
Antecedentes y contexto de la formación del conflicto. Presentar sus causas y las opciones que tiene cada parte, en términos realistas.
Voces de todas las partes en disputa. No solo los líderes de los dos bandos visibles, sino también quienes no son élite, y tratados como actores que proponen, no como testigos que confirman.
Ideas creativas de salida. Airear propuestas de resolución, pacificación y mantenimiento de la paz vengan de donde vengan, no solo de la mesa oficial.
Excesos y sufrimiento en todos los lados. Exponer a los responsables de cada parte, con el mismo estándar para todos.
Historias de paz y lo que viene después. Cubrir la posguerra y cómo se construye un acuerdo, no solo el instante en que se anuncia.
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Al revés, y esta es la discusión más interesante del campo.
David Loyn, corresponsal de la BBC, hizo la crítica más filosa: el periodismo tiene una sola tarea, representar la realidad con precisión, y cualquier objetivo externo —incluida la paz— la compromete. Thomas Hanitzsch agregó que si el periodismo de paz es apenas buen periodismo, entonces es vino viejo en botella nueva.
Kempf responde aceptando casi todo. Sí, hay que trazar una línea nítida entre periodismo y relaciones públicas. Sí, hay defensores del periodismo de paz que subestiman la objetividad, y eso lo degrada a propaganda amable. Pero su conclusión invierte el argumento: el problema no es que el periodismo de paz adopte una perspectiva, sino que la cobertura de guerra convencional ya adoptó una —la de las élites que hacen la guerra— sin declararlo.
Su fórmula es de una sola línea: buen periodismo = periodismo responsable = periodismo de paz.
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Porque los criterios que definen qué es noticia favorecen la violencia por diseño, no por maldad.
Gadi Wolfsfeld identificó cuatro: inmediatez, drama, simplicidad y etnocentrismo. La inmediatez privilegia el hecho por sobre el proceso, y los procesos de paz son lentos. El drama premia lo extremo por sobre lo moderado. La simplicidad reduce un conflicto multilateral a dos bandos. El etnocentrismo hace visible nuestro sufrimiento y opaco el ajeno.
A eso se suma el marco oficial. Robert Entman mostró, estudiando la cobertura posterior al 11 de septiembre de 2001, cómo el encuadre de la Casa Blanca —"acto de guerra", enemigo "malvado"— descendió en cascada por el sistema informativo hasta volver irrelevantes las interpretaciones alternativas.
Ninguna de esas dos fuerzas requiere mala fe. Por eso son difíciles de corregir: no se combaten con buena voluntad, se combaten con método.
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Todo, si aceptamos la definición de conflicto de Galtung: una relación entre dos o más partes con objetivos incompatibles. Bajo ese criterio, una empresa que disputa el agua con una comunidad está en conflicto. Una institución en negociación colectiva está en conflicto. Un servicio público frente a un territorio que no le cree está en conflicto.
Se construyen imágenes de enemigo: "los dirigentes", "los vecinos", "la empresa". Se reduce a dos bandos lo que tiene cinco. Se comunica para ganar la discusión en vez de para entender el problema. Y se escala.
La diferencia es de escala, no de naturaleza. Quien comunica desde una organización toma cada semana las mismas decisiones que un corresponsal toma en una zona de combate: a quién nombra, cómo lo nombra, qué deja fuera. El mecanismo es el mismo.
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El estudio The Missing Link, de Von Kaltenborn-Stachau para el Banco Mundial, analizó por qué fracasan las reconstrucciones postconflicto pese al dinero invertido. Su hallazgo: los programas tratan al Estado, a los medios y a la sociedad civil como sectores separados, y nadie se ocupa del tejido que los conecta. Ese tejido —la esfera pública, la plataforma donde efectivamente se conversa— es lo que produce confianza. Sin él, la inversión se ejecuta y la desconfianza permanece intacta.
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Kempf traza la línea con precisión: el periodismo persigue representar la realidad; las relaciones públicas persiguen objetivos definidos por un cliente. No se trata de que una sea noble y la otra sucia. Se trata de que confundirlas destruye la credibilidad de ambas.
Para el lado corporativo, la prueba es más simple de lo que parece. La comunicación para la paz implica exponerse a que la otra parte tenga razón. El lavado de imagen consiste en usar el vocabulario del diálogo para que nada cambie: mesas que no deciden, consultas cuyo resultado ya estaba escrito, reportes que celebran procesos que la comunidad rechaza.
Bratic aporta el criterio operativo: la paz no es un producto. Si una organización dice que promueve la paz y no puede nombrar qué conducta concreta cambió —la suya, no la de los demás—, no está comunicando para la paz. Está haciendo publicidad con palabras prestadas.
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Empezar por las cifras. El recuento de víctimas o de días de paro informa sobre la magnitud y no dice nada sobre la causa. Un conflicto sin causas explicadas parece irracional, y lo irracional no se negocia.
Reducir a dos bandos. Casi ningún conflicto tiene dos partes. La búsqueda de "equilibrio" entrevistando a un vocero de cada lado suele ocultar a los otros tres.
Cubrir solo lo que se rompe. La inmediatez premia el hecho violento y vuelve invisible el proceso lento. Así se instala la idea de que el conflicto es lo normal y el acuerdo, una rareza.
Citar a la víctima sin dejarla proponer. Nombrar a alguien solo para que confirme su dolor lo humaniza y lo deja sin voz política.
Cerrar en el duelo. Terminar con la emoción y no con las salidas disponibles clausura la conversación justo donde debía abrirse.
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La teoría de las imágenes de enemigo es específica: son metáforas, encuadres y relatos usados para deslegitimar a un grupo con un fin político, presentando el daño que se le haga como necesario. Su mecanismo central es la eliminación del individuo. Mientras el otro sea una categoría —"los encapuchados", "los ambientalistas", "la comunidad"— la empatía no tiene dónde posarse.
De ahí que el antídoto sea tan concreto: nombres, historias, problemas reconocibles. No como gesto humanitario, sino porque un individuo con biografía no cabe en una categoría amenazante.
Stuart Hall agrega que si clasificamos antes de comprender, y esas categorías son aprendidas, no naturales.
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Carol Pauli hizo la comparación que faltaba: el periodista ya es un mediador, aunque no lo haya elegido. Escucha a las partes por separado, transmite lo que cada una dijo, crea un espacio donde ambas aparecen.
Pero Pauli marca también las tres diferencias que importan, y son advertencias para cualquiera que comunique en conflicto. La primera: al mediador lo convocan las partes; el periodista elige a quién convoca, y tiende a elegir lo extremo porque rinde más. La segunda: el reflejo de "un vocero de cada lado" asume que el conflicto tiene dos lados. La tercera, la más grave: la mediación exige permanencia, y la agenda informativa abandona el conflicto apenas deja de ser noticia.
Ahí está la lección para el mundo corporativo. Relacionarse con un territorio solo cuando hay crisis es la garantía de que no habrá confianza.
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